bayona | 01 Abril, 2006 13:29
AQUELLO SÍ QUE ERAN CLASES DE RELIGIÓN
No acabo de comprender como en un país que sacraliza la libertad de religión en su propia Constitución se pretenda realizar una acción discriminatoria a favor de una religión en la enseñanza pública. Siempre me ha quedado algo de mal cuerpo cuando he visto que hacían salir de la clase a mis hijas y las mandaban a jugar al patio porque comenzaba la clase de religión, que ellas no habían elegido.
Aún así, si alguien es capaz de prometerme que las clases de religión serán como las que yo recibí en mi infancia, pongo ahora mismo mi firma donde haga falta. Confieso que jamás me lo pasé tan bien como en la clase de religión.
Hay que aclarar el contexto: una escuela de hijos de trabajadores en un barrio popular a finales de los años cincuenta del pasado siglo donde la enseñanza de más calidad no se impartía en las aulas sino en la calle a base de contusiones, algunas físicas y otras emocionales, pero igualmente educativas.
La clase de religión la daba un cura ya mayor, de los de sotana, y se la tomaba, como no podía ser otra manera, con resignación cristiana. No era fácil meter en cintura a una cuarentena de pequeños energúmenos, prematuramente licenciados en Mundología, con matrícula de honor en las asignaturas de Supervivencia Moral y Desparpajo Ético.
La bronca empezaba en la primera lección, la del Génesis 1. Se inquiría al indefenso religioso a que aclarase cómo era posible que cuando no había ni firmamento, ni mares, ni tierra, ni nada de nada... ni siquiera pastillas de regaliz... Dios actuase en horario de semana inglesa de seis días de trabajo y uno de descanso, cuando en realidad eso no se inventó hasta mucho tiempo después. Menos mal que el tutor zanjaba la controversia metafísica castigándonos a copiar cien veces “No hablaré en clase”.
La segunda lección era mi preferida: el episodio de Adán y Eva, expulsados del paraíso, que finalizaba con la frase “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás”. Frase muy celebrada por los alumnos a base de cachondeo, risotadas y comentarios poco ingeniosos. En esta capítulo, la discusión con el pobre cura ya alcanzaba cierta altura dialéctica: “Pero padre ¿cómo es posible que Adán y Eva fueran desnudos por el paraíso si en el libro ella sale con una túnica y él en bañador”.
El pobre cura tenía muchas dificultades para dar respuesta a las preguntas sobre la costilla de Adán y, sobre todo, cuando se le preguntaba cómo era posible que se multiplicara la especia humana si nuestros Primeros Padres sólo tuvieron tres hijos varones. El alumnado echaba mano a la posibilidad de incesto aunque se expresaba en términos mucho más prosaicos.
Un día nos cambiaron al viejo cura por un joven jesuita. Este sabía lo que se hacía: iba directo y nos dejó descolocados. El primer día entró en clase con una olla humeante que la depositó sobre la mesa. Era agua recién hervida. Se arremangó y metió las manos dentro. Al cabo de unos segundos, y tras muecas de dolor, las sacó enrojecidas y nos soltó: “Si una persona es incapaz de soportar esta temperatura del agua durante unos segundos, cuan insoportable será el fuego del infierno durante toda la eternidad”. Era un directo a la mandíbula. Todo el mundo a confesarse de inmediato.
Tuvimos suerte. El jesuita no volvió. Hubo quejas de asuntos turbios de relaciones con un alumno y desapareció de la circulación. El viejo cura regresó a explicarnos el Génesis.
En cualquier caso, el recuerdo de aquellas clases es imborrable. Mi generación puede escribir la letra de una canción de Sisa en la que se deja la puerta abierta para que el sol entre por la noche. En lugar de Peter Pan o Carpanta, en nuestra casa estarían Moisés convirtiendo su bastón en serpiente delante del faraón, Elías cruzando el cielo en un carro de fuego, Noé metiendo animales en su barca, Jonás en el vientre de una ballena y la torre de Babel erigiéndose hasta el cielo. Lot que huye de Sodoma y Gomorra y la pobre Sara convertida en sal. Sansón, ya con pelo, hundiéndose con sus enemigos los filisteos.
No recuerdo que ninguno de mis compañeros tenga hoy un especial sentido de la religión. En eso los curas fracasaron. Pero aquellas lecciones de creatividad literaria forman parte del imaginario colectivo en la época preinformática.
Probablemente, los nuevos defensores de esta asignatura tengan hoy una idea muy distinta de lo que deben ser las clases de religión. Corren el peligro de llegar a la conclusión de que este país necesita menos clases de ética y más de religión. Esperemos que no vuelva el de la olla hirviendo.
jordibayo@yahoo.es
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Ignacio | 01/04/2006, 13:56